Estimulación cerebral profunda para los trastornos de la alimentación

El pasado mes de febrero tuve la oportunidad de asistir a una jornada sobre estimulación cerebral profunda aplicada a trastornos de la conducta alimentaria. Resultó ser un encuentro bastante positivo. Pocos participantes, pero llenos de ideas, preguntas y propuestas. Como prometí, aquí traigo mi resumen y opinión del evento.

Pero comencemos por el comienzo.

La Asociación Americana de Psiquiatría define el trastorno de la conducta alimentaria como «una alteración de la ingesta, o las conductas relacionadas con la ingesta, que resultan en un consumo o absorción de alimentos que merma significativamente la salud física y/o la correcta función psicológica».

Además de la anorexia, ejemplos de trastornos de la alimentación son la bulimia nerviosa, el binge eating (o atracones) y otras conductas de ingesta disfuncionales asociadas con la obesidad.

eatingdisor

En los últimos años la prevalencia de estos trastornos a lo largo de países industrializados ha aumentado considerablemente. Tanto es así que a día de hoy la anorexia es el trastorno mental que mayor tasa de mortalidad presenta 1. Dado que niños y adolescentes son una parte nada desdeñable de la población afectada, es obvio porqué estos trastornos tienen una relvancia especial.

Resultaba intrigante el desarrollo de la jornada, dado que no existe un volumen demasiado amplio de estudios que aborden el tema, ni la técnica está lo suficientemente establecida más allá de la enfermedad de Parkinson y otros trastornos motores. Quizá como mucho para el TOC, pero igualmente se sitúa lejos de ser una alternativa popular.

Aunque relacionadas, los diferentes trastornos pueden poseer bases neurales diferentes. Por ese motivo es importante conocer los mecanismos motivacionales, hormonales y psicológicos detrás de la conducta normal. Un mayor conocimiento en estas cuestiones es clave para sacar el máximo partido a la intervención en alteraciones relacionadas.

Precisamente por este motivo tenía la esperanza y la idea de que habría mucha más discusión teórica de la que más tarde hubo; mecanismos de regulación de ingesta, neurobiología de la conducta alterada, neuroanatomía, psicología… Se antojaba un día emocionante. Nada más lejos de la realidad.

No me malinterpretéis, fue emocionante, pero a mí, que he mamado investigación básica desde antes de terminar la carrera, me resultó demasiado clínico. Es más, la mayoría de discusión sobre estos aspectos tuve que sacarlos yo a la palestra, ya que desde el comienzo se fue directo al grano con resultados de la técnica aplicada al trastorno bipolar 2, la depresión 3, trastorno obsesivo compulsivo 4 y anorexia nerviosa 5.

Lo que resulta obvio es que a pesar de los esfuerzos continuos por comprender las causas de estas condiciones, desarrollar tratamientos efectivos sigue siendo un reto considerable. Las estrategias de intervención prioritarias son la terapia cognitivo conductual, la terapia familiar y la farmacoterapia. Y aunque gracias a todas ellas se ha mejorado la situación con respecto al pasado, su efectividad sigue siendo limitada en muchos casos.

Por otro lado, donde terapias más convencionales fallan, alternativas más novedosas pueden (y suelen) tener éxito. Es por esto que nuevas aproximaciones neurocognitivas y fisiológicas empiezan a abrirse paso “por lo bajini” en el recetario. La estimulación del nervio vago, la estimulación magnética transcraneal, estimulación transcraneal directa o la protagonista del día, la estimulación cerebral profunda (ECP), son algunos ejemplos.

Representación de la implantación de electrodos para ECP en paciente con Parkinson (Fuente: Schiefer et al., 2011)

Sin embargo, dada la relativa novedad de estas técnicas en el campo de la conducta alimentaria, existen pocos estudios sistemáticos sobre los mecanismos detrás de estas opciones terapéuticas (¿cuál es la mejor diana para su implantación?), las posibles maneras de mejorar su aplicabilidad (monitorización neural, dirección por coordenadas…) o las posibles consecuencias a largo plazo. Lo cual resulta un impedimento si se pretende avanzar en plantear estas técncias como alterantivas de tratamiento consolidadas.

Aun así, con respecto a esta última, las perspectivas de aplicación en pacientes con trastornos metabólicos y de la conducta alimentaria son tan prometedoras como controvertidas. Es cierto que una ventaja es, por citar una, la posibilidad de reducir o eliminar el uso de fármacos, los cuales a largo plazo pueden presentar consecuencias en todo el organismo. Pero la técnica en sí no está exenta de polémica.

¿Por qué? Bueno, uno de los principales debates éticos es el dilema que supondría que su intervención no fuera eficaz. Estamos hablando de tratamientos de último recurso para pacientes que presentan una comoborbilidad alta con trastornos afectivos y conductas disfuncionales, como puede ser el riesgo de suicidio. Que a una persona se le diga «no ha funcionado nada hasta ahora. Vamos a probar esto, la última carta que tenemos» y luego falle, es como decirle que su condición es irremediable. Y eso no se puede tomar a la ligera en pacientes con peligro de caer en depresión y potencialmente de suicidio.

Creo que dos de los casos que se presentaron recogen perfectamente lo que fue la jornada en sí.

Por un lado, Domin Sun, director del Departamento de Neurocirugía Funcional del Hospital Ruijin de Shanghai presentó el caso de una niña de 13 años, anoréxica desde hacía 6 y un IMC de 11, a quien sin embargo la sola visión de la comida producía una profunda respuesta de asco. Tras llegar al centro y pasar la evaluación pertinente, se la consideró candidata para la ECP. Dado, por otra parte, que todas las demás intervenciones e intentos habían fallado.

Inmediatamente después de la intervención, la señorita se arreó un táper de arroz con pollo entero.  A principios de este año le retiraron los electrodos y se encuentra en la fase de revisión, que dura dos años. Actualmente presenta un peso normal y no ha sufrido ningún episodio de recaída.

Por otro lado, Lukas Maurer presentó los resultados obtenidos con esta técnica en ratones obesos. Al parecer, la aplicación de ECP sobre el hipotálamo lateral es capaz de reducir la ingesta de estos ratones de manera significativa, tal y como ocurre en primates no humanos que son tratados en la misma región con esta metodología 6.

Digo que estos casos ejemplifican muy bien la jornada porque plantean importantes cuestiones obvias acerca de la técnica, pero a la vista está que funciona. Es decir, claramente es una técnica que tiene futuro en este tipo de alteraciones conductuales, pero no se podrá perseguir su popularización hasta que se establezcan con más detalle varios aspectos sobre su metodología y efectos.

Y para ello se necesita todavía mucha investigación; muchos estudios e indicadores claros que determinen qué pacientes son susceptibles de beneficiarse de esta técnica y cuáles no. En este sentido, la colaboración interdisciplinar es indispensable, además de una reflexión más concienzuda acerca de las implicaciones éticas del procedimiento.

Es un campo con futuro. Y es emocionante ver cómo avanzará.

Anuncios

Un pensamiento en “Estimulación cerebral profunda para los trastornos de la alimentación

  1. Pingback: Las mejores entradas de 2015 | Como decíamos ayer…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s