Por un puñado de azúcares

La semana pasada la revista The BMJ publicó una serie de artículos centrados en la influencia de la industria del azúcar en distintos niveles dedicados a la ciencia en Reino Unido: desde científicos a centros de investigación, pasando por organismos gubernamentales.

El blog Lo que dice la ciencia para adelgazar se ha hecho eco de la noticia también, pero, igualmente, me gustaría contribuir al asunto a mi manera.

En el monográfico de The BMJ se puede leer, por ejemplo, que 330.000€ al año durante la última década es lo que compañías del sector alimentario han aportado a científicos del Consejo de Investigaciones Médicas de Reino Unido.

Es más, expertos en política económica, sociología y nutrición denuncian cómo desde hace tiempo la industria alimentaria adopta estrategias idénticas a las utilizadas por las tabacaleras o las grandes farmacéuticas en su intento por influir en la opinión pública y la legislación.

Pero esto no es novedad. La financiación a investigaciones que endulzan las propiedades y responsabilidad de productos azucarados sobre la salud no es secreta. Ya en 2009 Cristin Couzens desveló varios documentos con información sobre décadas de manipulación. Por ejemplo, aquellos que muestran cómo en la década de 1960, ante la aparición de las bebidas “light“, la industria financió múltiples estudios que advertían del peligro del ciclamato para la salud, o sobre los esfuerzos por intentar distanciar el consumo de azúcar con la diabetes durante los ’70 1.

Curiosamente, el ciclamato está prohibido por la FDA desde 1970.

Un dato interesante: por ley, las empresas en EE.UU. deben emitir un informe detallando los riesgos a los que se enfrenta la compañía. En el caso de empresas como Coca-Cola y Pepsi, queda claro qué es lo que más temen:

  1. Los datos sobre la influencia del consumo de sus productos en la salud
  2. La amenaza de impuestos derivados de la legislación sanitaria.

Ante este escenario, está claro por qué la industria alimentaria se muestra tan interesada en participar en la investigación y por qué se esfuerza tanto en incluir representantes en comités de salud.

También se hizo pública una carta de la Sugar Association donde quedaba clara la intención de la Asociación por asegurar el puesto de expertos “imparciales” en el comité que el Departamento de Agricultura para constituye para la elaboración de guías nutricionales en EE.UU., y que dejaba un conciso mensaje a sus miembros: «la asociación está comprometida con la protección y promoción del consumo de sucrosa. Cualquier desacuerdo sobre el azúcar se contrarrestará feroz y estratégicamente con declaraciones públicas y en favor de la ciencia».

Poco más que añadir.

A pesar de todo, el mensaje pro-salud parece estar calando poco a poco, como muestran los datos que reflejan cómo un 25% de los consumidores ha reducido el consumo de estos productos, simplemente, «porque contienen mucho azúcar» 2.

Pero esto no es, desde luego, gracias a las empresas.

Desde 2011 existe en Reino Unido una iniciativa gubernamental que recoge 9 demandas dirigidas a la industria alimentaria y que tienen como foco la salud. Uno de los puntos de este acuerdo de responsabilidad es la reducción del 5% en la cantidad de azúcar que las empresas incluyen en sus productos. Muchas compañías se han adherido a la iniciativa comprometiéndose con una o varias de estas peticiones, pero fallan en esta cuestión en particular.

Kantar Worldpanel es una empresa de análisis de marketing que produce datos sobre los hábitos de consumo en materia de alimentación. Suya es la base de datos más extensa del reino, y de la misma se sirven tanto Gobierno como industria.

El último análisis realizado por la empresa muestra que en 2014 la cantidad de calorías en la compra de los británicos era casi un 12% más que la del mismo periodo en 2006. También que el contenido de azúcar y grasas saturadas había aumentado, lo que sugiere que el acuerdo de responsabilidad por que las empresas reduzcan ese 5% está lejos de lo que ocurre en realidad 3.

Eso no quita para que estas se beneficien de la buena publicidad de haberse adherido a la iniciativa, claro está.

Por otra parte, es innegable que muchas de estas compañías han tomado medidas al respecto. En 2013, por ejemplo, Mars anunció que en aras de cumplir con su compromiso paracon la salud de los consumidores, iba a reducir el tamaño de sus chocolatinas. Una medida similar adoptó Coca-Cola con sus latas de 250 ml. Ambas reducían así la cantidad de azúcar y calorías en sus productos.

Sin embargo, es interesante saber que estas decisiones coincidieron curiosamente con una predicción sobre el aumento del precio del azúcar en los años siguientes (8% en 2014, 7% en 2015).

La reducción de tamaño de los productos implicó una reducción de la demanda de azúcar, por lo que las compañías esquivaron el varapalo del aumento de precio, logrando incluso aumentar sus ventas y obtener un crecimiento económico importante. Lo que hace dudar de la pura buena voluntad de estas empresas para mejorar la salud de los consumidores.

La reducción de las porciones es una medida loable. Pero que no quieran tomar el pelo a la gente diciendo que lo hacen pensando en la salud.

Personalmente, he de decir que tras leer los cinco artículos tengo sentimientos enfrentados. Por una parte, me siento aliviado al ver que una revista como The BMJ ha tenido el arrojo de publicar una información como esta. La idea de que grandes multinacionales se dediquen a sesgar, manipular y condicionar diversos puntos del proceso científico no es nueva, pero queda mucho camino por recorrer y artículos así ayudan a eliminar el aura de hipótesis conspiranoica.

Por otra parte, me preocupa pensar qué no estará pasando en otros países como España. Aunque viendo lo visto, me parece que el camino y la situación son parecidas.

Por otro lado, me cabrea. Obvio. Y me entristece, igualmente. Me da pena y rabia pensar en que la codicia puede a la preocupación por la salud. Pensar en toda la racionalización de la industria para justificar su comportamiento y toda la gente que se ha dejado vencer (o no ha podido enfrentarse) a este modus operandi me causa tremenda frustración.

Estamos hablando de la vida de personas.

Como decía, es un trabajo arriesgado este de la revista. Pero necesario en un contexto en el que la cura para trastornos tan relacionados con estos productos no parece estar cerca. Será interesante ver cómo reaccionan los protagonistas. Aunque mucho me temo que lo único que harán será sacar a relucir a sus fantásticas primeras espadas de publicidad y relaciones públicas para quitar hierro al asunto, acallar a los medios y quizá comenzar otra línea de productos con un eslogan bien grande que deje claro su “compromiso, interés y preocupación” por la salud de la gente.

No me gustaría terminar sin hacer un pequeño comentario más.

Soy consciente de que mucha gente piensa en la ciencia y los científicos del mismo modo que piensa en el arte y los artistas: gente vocacional, con plena dedicación y una ética digna del mejor filósofo. Pero además de eso, la ciencia es un trabajo. Es una profesión. Muy poca gente vive de la ciencia, la mayoría lo hacemos mediante ella. Si los orgnaismos públicos, independientes, no pueden proporcionar los fondos para llevar a cabo esa profesión, la tarea recae en la industria privada.

Por supuesto, no pretendo decir que los datos se manipulen o se inventen. Ni que las personas a cargo de esos estudios actúen de forma poco profesional o a mala fe. Pero estoy de acuerdo con unas declaraciones de John Sievenpiper, en las que afirma que «cuando la industria tiene voz y voto en qué investigar, la financiación que proporciona puede conducir a una distorsión de la pregunta científica, provocando así que los resultados favorezcan más el producto o la posición del espónsor».

A este respecto se publicó el año pasado en PLoS Medicine un artículo que demostraba cómo la probabilidad de no encontrar relación entre el consumo de azúcar y la obesidad o el aumento de peso era hasta 5 veces mayor en las revisiones sistemáticas financiadas por la industria 4.

Creo que la participación de fondos privados en la investigación es un inevitable derivado de la imposibilidad (¿?) de sostener la ciencia únicamente con fondos públicos. Pero participación no es control, no es poner condiciones, no es crear conflicto y no es ocultar datos.

Aquí os dejo un interesante editorial de The BMJ sobre el tema: «Big food, big pharma: is science for sale?»

Aquí están los cinco artículos:

  1. Sugar: spinning a web of influence
  2. Sugar’s web of influence 2: Biasing the science
  3. Sugar’s web of influence 3: Why the responsibility deal is a “dead duck” for sugar reduction
  4. Sugar’s web of influence 4: Mars and company: sweet heroes or villains?
  5. Commentary: Sweet policies
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Un pensamiento en “Por un puñado de azúcares

  1. Pingback: Come menos y muévete más | Como decíamos ayer…

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