Refuerzo, recompensa y adicción a la comida

Reconozco que tuve cierta duda sobre cómo enfocar la entrada anterior. Me dio la impresión de que entraban demasiados factores en juego, con demasiados matices, tan importantes para su uso como difíciles de incluir sin explicarlos en detalle.

La entrada de hoy no es una adenda, pero sí me gustaría repasar algunos conceptos incluidos, así como remarcar la importancia y necesidad de una terminología correcta en torno al tema. El contenido, aunque no demasiado técnico, puede resultar denso.

El que avisa, no es traidor.


La «adicción a la comida» se ha convertido en un tema recurrente no sólo en la literatura científica sino también en la prensa, blogs y demás medios de difusión. Y no puedo evitar pensar que parte de ello es debido a la utilización poco rigurosa de una terminología ya de entrada bastante resbaladiza.

Pero empecemos por el principio.

Cuando un organismo se aproxima a un estímulo para interactuar con él y consuma la conducta, el resultado adquiere un valor emocional: si es positivo, el estímulo se convierte en recompensa, la cual viene marcada por un cambio fisiológico y subjetivo en el estado del organismo.

motiv1

La emoción es el elemento principal de uno de los componentes del sistema motivacional apetitivo: la dirección. Si algo es agradable, me dirijo a ello.

Las recompensas son reforzantes. Es decir, fortalecen la asociación entre el estímulo, la contingencia (qué provoca qué y en qué condiciones) y el placer que causa, aumentando la probabilidad de que en un futuro se repita la aproximación y fomentando la búsqueda del estímulo. Es más, cuando se establece esta asociación, el aprendizaje de la contingencia se produce no solo entre el estímulo y la conducta, sino también entre los factores que rodean a ese reforzador (momento del día, lugar, temporada, color del alimento…) y la conducta.

De este modo, con el tiempo y la repetición, los estímulos asociados al reforzador adquieren una cualidad reforzante por sí mismos, en tanto que resultan predictores de la aparición de la recompensa. Así, se puede observar que ante la aparición de claves asociadas a ese estímulo, se despliega una conducta de búsqueda característica que tiene como fin obtener dicho reforzador.

Esto es relevante, ya que una de las características conductuales de la adicción es la búsqueda compulsiva del reforzador 1, disparada por la presencia de estímulos asociados al mismo, aún cuando la probabilidad de aparición es insignificante.

Un segundo factor del sistema motivacional apetitivo es el vigor, o la cantidad mínima de activación necesaria para llevar a cabo determinada tarea. La respuesta motivacional requiere energía, de modo que por muy reforzante que sea un estímulo, si no provoca una vigorosidad suficiente para obtenerlo, no se consumará.

Hasta aquí, parece que está todo claro. Conceptualmente se puede categorizar y diferenciar un término de otro, un proceso de otro. ¿Dónde está el problema, entonces? Pues que cuando uno trata de desentrañar el funcionamiento de un proceso, o descifrar los mecanismos y elementos que participan en su implicación con otros sistemas y diferentes conductas, tiene que ser capaz de transformar y observar esa categorización en valores cuantificables y diferenciados.

Es decir, la dopamina. El problema está en la dopamina.

La dopamina se distribuye por el sistema nervioso central a través de cuatro vías: nigroestriatal, mesolímbica, mesocortical y tuberinfundibular.

Rutas dopaminérgicas en el SNC

Esquema de las rutas dopaminérgicas. Origen y destino.

Estas vías son citadas de manera frecuente como mecanismos que contribuyen a la aparición de conductas alimentarias que recuerdan a comportamientos relacionados con la adicción.

En los últimos años se ha acumulado una importante cantidad de experimentos con esta hipótesis como centro de atención 2,3. Incluso hay quien no se corta a la hora de hablar de «adicción» a ciertos alimentos, o a la comida en general, como comentaba antes. Sin embargo, el uso del término «adicción» para describir aspectos patológicos de la ingesta resulta, en mi opinión, como poco, aventurado; al menos en lo que se refiere a los humanos. Es más, incluso entre los que consideran válido este concepto existe desacuerdo sobre cómo encaja en un marco más amplio a la hora explicar el aumento de la prevalencia de la obesidad.

Sólo para empezar, la afirmación «adicción a la comida» es tan vaga como decir «adicción al vino». A qué, en concreto ¿al alcohol, a los polifenoles? ¿Es a todo el vino, o sólo al tinto, al blanco…? No se es “adicto a la comida”, del mismo modo que no se es “adicto al vino”. Si acaso, se es adicto a algún componente. En el caso del vino, el alcohol; en el caso de la comida, parece ser que el azúcar es el candidato con más papeletas 4.

De cualquier forma, estas afirmaciones suelen venir avaladas por numerosas publicaciones que demuestran un patrón de activación cerebral y mecanismos de neuroplasticidad ante la presencia de ciertos alimentos similares a los que se observan tradicionalmente en drogas de abuso, como el alcohol o la cocaína 5.

Sabiendo que la dopamina interviene en diferentes aspectos de la motivación y la conducta reforzada, que las drogas actúan como reforzadores y que la recompensa tiene un valor reforzante, es habitual leer cosas como que «la vía mesolímbica interviene en la recompensa», o «la comida rica en azúcar activa el sistema de recompensa».

En efecto, no es raro toparse con artículos que adoptan el término recompensa sinónimo de placer, de motivación apetitiva en y/o de refuerzo; tres procesos diferenciables y definidos individualmente en los cuales la dopamina participa de manera distinta 6.

Por eso, al toparse con esta literatura es importante tener muy en cuenta varias cosas: 1) la compleja naturaleza de la implicación de la dopamina en los distintos componentes del proceso motivacional, y 2) que no existe consenso ni definición técnica de «recompensa».

Por otra parte, sería necio obviar los datos. Existen muy buenas publicaciones que aportan evidencia clara del efecto que determinados alimentos ingeridos bajo un particular patrón de consumo pueden ejercer sobre estructuras y rutas vinculadas con procesos de adicción 7,8. Sin embargo, hay que tener cuidado a la hora de elegir los términos con los que se comunican los resultados e interpretaciones de los mismos. El lenguaje importa. Y más en un contexto científico dirigido a fomentar hipótesis con potencial para justificar el desarrollo de estrategias de intervención. A los enfermos de Parkinson se les receta L-Dopa, no dopamina. Aunque relacionadas, y siendo que una precede a la siguiente, el motivo por el que se administra L-Dopa en particular manifiesta la relevancia de intervenir en un momento y no otro del proceso. La importancia en la diferenciación entre refuerzo y recompensa puede ser similar.

A parte, conductas como los atracones o el consumo compulsivo pueden ser interpretadas desde una perspectiva evolutiva, como discutí brevemente aquí. Por lo que hay que tener en cuenta los subsistemas motivacionales que están detrás de estos patrones de búsqueda y consumo desadaptativos.

En resumen, es importante aportar una discusión crítica sobre la literatura de la adicción a la comida. Y tener en cuenta que en la obesidad, el sobreconsumo y la ingesta compulsiva intervienen de forma importante los factores psicológicos que pueden hacer caer la balanza de un lado u otro. En este sentido, saber qué papel desempeña la dopamina concretamente en la motivación por la comida es determinante para dirigir la mirada a unos procesos u otros, para programar intervenciones a distintos niveles y, al final, para hacer ciencia de la manera más rigurosa posible.

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7 pensamientos en “Refuerzo, recompensa y adicción a la comida

  1. Pingback: Las mejores entradas de 2015 | Como decíamos ayer…

  2. Vaya descubrimiento el de este blog. Felicidades!!!!!! Y ya que te escribo este comentario, te quería preguntar si alguna vez te has planteado la disyuntiva si se trata de adicción a la comida, o adicción a la conducta de “comer” en si. O sea, adicción a la comida ( sustancia) o adicción a la acción de comer ( conducta compleja reforzada por multiples cadenas conductuales). Saludos y gracias por el follow back

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    • ¡Hola Alfonso! Me alegra mucho que te guste el blog. Gracias por el comentario =)

      Interesante la cuestión que planteas. Y nada sencilla, además. Sobre la adicción a comer existen varias publicaciones muy interesantes, pero yo te recomendaria, por si no la conoces, la de Hebebrand et al. (2014).

      En mi opnión, ser adicto a comer es como ser adicto a beber; todos sabemos a qué se refiere, pero no se es adicto a una conducta, sino a una sustancia.

      No obstante, en la adicción, la sensibilización al incentivo es capaz de provocar que los estímulos asociados al reforzador adquieran un valor predictivo tan poderoso que actúen como reforzadores en sí mismos. Hace unos años Berridge describió cómo era posible condicionar la respuesta de búsqueda hacia estos estímulos, además de hacia la sustancia en sí. De esta forma demostró cómo algunos individuos eran especialmente sensibles al poder de los estímulos del entorno en lo que respecta a conductas asociadas a la adicción.

      En un sentido similar, los estímulos que disparan la conducta de comer pueden ejercer el mismo papel. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que la comida es un reforzador natural que tu organismo busca a través de mecanismos fisiológicos que de manera funcional resultan necesariamente intensos (comes o te mueres). Eso es el hambre. Hoy en día, por otro lado, no hace falta tener hambre para comer. Y diversos factores pueden afectar el inicio de esa conducta.

      Un ejemplo claro: comer para calmar la ansiedad. Una persona con un patrón de consumo compulsivo (llamémosle, “adictivo”) acude a la comida para calmar su malestar. La comida actúa como reforzador negativo y la ansiedad como estímulo que dispara la conducta de búsqueda y consumo.

      De manera similar, yo creo que en caso de poder adoptar el término adicción para la comida (cosa que, sinceramente y con los datos en la mesa, dudo), sería en todo caso a la sustancia (llámese azúcar o pitiminí), facilitada por los estímulos asociados (hora del día, estado emocional…) a la consumación de la conducta, que en este caso sería comer.

      Espero haberme explicado bien =b.

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      • Exacto!!!! A eso me refería, al poder que ejercen las claves contextuales en la conducta consumatoria de “comer”. Por ejemplo, por qué a algunas personas cuando visitan a su abuela y entran el cocina, les entra un irrefrenable deseo, ansia, hambre, impulso, ( llamémosle como queramos) de comer compulsivamente? Acaso son adictos(¿?) a la comida solo de su abuela? o quizás ( esta es mi hipótesis) las claves contextuales se han asociado a la conducta con su respectivo refuerzo positivo? Si esta linea tuviera respaldo, podríamos pensar en extrapolar a las situaciones de falta de control de impulso con la comida, donde las diferentes claves contextuales que hacen de disparador.

        En fin, el tema da para tanto. Ahora estoy liado con un post con el que llevo tiempo donde se conjuga el amor hacia la comida.

        Muchas gracias por tu respuesta !!!!!

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  3. Pues te los recomiendo, en Internet se pueden encontrar en pdf. Cuando habla de la “adicción a los HC” se refiere, como no podía ser menos, a los de alto IG, ya que son los que desatan reacciones quimico-fisiológicas consideradas como no deseables. Ya te digo, intenta leer sus libros, el primero al menos, y ya comentaremos. 😉

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  4. El tan (y a mi parecer injustamente) denostado Dr. Atkins ya hablaba en su primer libro sobre dieta y nutrición de la “adicción a los hidratos de carbono”. Es llamativo como los más modernos estudios no hacen más que darle la razón al doctor, aunque limpiar su imagen de charlatán y vendehumos no va a resultar sencillo. Los mecanismo químicos que producen esa adicción están muy bien explicados en sus libros, que te recomiendo si no los has ojeado ya. Y también trataba fenómenos ahora al parecer recién descubiertos (ironía on), como el bajón de energía después de una gran ingesta de HC, o la compulsión a consumir dulces después de una siesta y tras una buena panzada de HC.

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    • Es cierto que Atkins acertó en muchas de sus ideas y muchos datos ahora apoyan sus hipótesis, pero precisamente la “adicción”… No creo.

      No he leído sus libros, pero sólo el concepto de “adicción a los HC” ya me hace picar las palmas un poco. ¿Qué HC, el azúcar refinado, el almidón, la glucosa, la fibra? ¿Junto a qué otros alimentos? ¿Qué cantidad?

      Todas estas preguntas que pueden parecer tan cojoneras son cruciales para diagnosticar una adicción. Es cierto que los HC parecen tener esta particularidad que otros macronutrientes no poseen. Pero a pesar de que algunos alimentos pueden compartir particularidades con algunas drogas, me parece que el término adicción responde más a un «hype» del tema que a una descripción científica sólida.

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