Neuromicrobiotalogía

Las compañías en el mercado de la probiótica llevan tiempo abogando por los beneficios de una buena flora intestinal, pero la neurociencia es más bien escéptica al respecto. O lo había sido hasta ahora, ya que echando un vistazo al programa de la Society for Neuroscience que empieza esta semana, llama la atención la más que decente cobertura que está recibiendo el asunto de los microbios y el cerebro.

Por raro y hippie que pueda sonar, parece que la evidencia que relaciona el microbioma con trastornos como el autismo 1 es cada vez más sólida. Y como en ciencia, lo que te parezca mejor o peor importa poco, la neurociencia está tomando nota.

Esta semana miembros de ese proyecto planean presentar resultados sobre esta conexión en la reunión anual de la SfN, con el nada tímido título de «Flora intestinal y cerebro: cambio de paradigma en Neurociencia».

Aunque hace tiempo que existen trabajos que se hacen eco de esta relación, no ha sido hasta hace poco que se ha comenzado a comprender cómo la flora bacteriana influye en el cerebro. El sistema inmune tendría mucho que ver, como también el nervio vago, que conecta el cerebro con el sistema digestivo. E incluso los desechos bacterianos podrían estar afectando al sistema nervioso central, dado que se sabe que al menos al menos dos tipos distintos de bacterias producen GABA 2.

Hay datos que apuntan a que estos microbios ejercen su mayor impacto en los primeros años de vida. Se ha observado que la diferencia de microbios a los que se exponen los ratones nacidos por cesárea o parto vaginal correlacionan después con diferencias conductuales. Concretamente, los primeros muestran más síntomas de ansiedad 3.

En esta línea, un estudio encontró el año pasado que un modelo de ratón de autismo mostraba unos niveles de flora intestinal mucho menores que los encontrados en ratones normales 4. Estos animales mostraban también conductas de estrés y antisociales, así como síntomas gastrointestinales frecuentes en el autismo.

El grupo liderado por Elaine Hsiao demostró que la administración del tipo de bacteria ausente a estos animales revertía los síntomas. Además, encontraron que los ratones “autistas” tenían niveles elevados de 4EPS (metabolito bacteriano) en sangre, y que la inyección de estos metabolitos en ratones normales generaba la aparición de los síntomas que antes comentaba.

El mecanismo para estos efectos es todavía un misterio, aunque se ha sugerido que puede provenir de una pérdida de bacterias hacia el torrente sanguíneo debido a un intestino débil 5.

Según Sarkis Mazmanian, microbiólogo del California Institute of Technology in Pasadena, el campo se dirige a un nuevo nivel de sofisticación. «Con suerte – dice,  esto puede cambiar la imagen de que existe demasiado interés comercial y no el suficiente apoyo científico acerca de este asunto». No obstante, la aplicabilidad en tratamientos para humanos está todavía fuera de todo debate (lo digo porque a ver si va a aparecer alguno diciendo que con yogures se cura el autismo). La evidencia de la influencia del microbioma sobre la conducta, aunque creciente, es mínima a día de hoy. Pero eso no significa que deba ser obviada por completo. El asunto ha llegado golpeando fuerte y, como mínimo, las implicaciones que tiene alcanzan la consideración del asunto en el diseño experimental de trabajos en áreas especialmente sensibles a esta relación.

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2 pensamientos en “Neuromicrobiotalogía

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