Love is in the air… (III)

Abrimos mes y cerramos tema. Tercera (¿y última?) entrega de esta serie curiosa serie sobre la psicobiología del amor. Hasta aquí hemos pasado por los fenómenos de la atracción, el enamoramiento y el impulso sexual, pero en todo este universo de conductas y contratos tan necesario para la reproducción, hay un elemento que no deja de ser menos importante, aunque no es raro que pase más desapercibido de lo que merece: el apego (a la pareja, se entiende).

Aún con las diferencias que existen en la investigación en este campo, la mayor parte de la literatura parece estar de acuerdo en la existencia de tres sistemas, distintos aunque interrelacionados, con un papel importante en la conducta reproductiva: el impulso sexual, la atracción y el apego. Podría decirse que la complejidad de cada uno de estos sistemas aumenta con la posición en la escala filogenética. Así, como se comentó en las entradas anteriores, los humanos somos capaces de protagonizar estos tres tipos de conductas o reacciones, mientras que según que otros mamíferos, no son capaces de sentir apego, o siquiera enamorarse.

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Apego

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La corriente etológica suele asumir que toda la constelación de conductas de apego relacionadas con la pareja, evolucionaron en un primer momento como mecanismo de motivación para mantener una afiliación con el otro individuo lo suficientemente duradera como para completar las tareas y deberes parentales específicos de cada especie. Este mecanismo de apego se ha asociado con la actividad de varios neuropéptidos, como la oxitocina en el núcleo accumbens y la arginina y vasopresina en el pálido ventral (Carter, 1992; Winslow et al., 1993; Wang et al., 1994; Carter et al., 1997; Young et al., 1998; Lim & Young, 2004; Lim et al., 2004); aunque otros sistemas de neurotransmisión como el opioide también han sido implicados (Kendrick, 2000).

Han sido varios los investigadores de la conducta reproductiva los que se han centrado en este fenómeno de apego como línea central de su estudio. Hatfield, por ejemplo, se refiere a los sentimientos de apego como un amor acompañante, al cual define como “un sentimiento de felicidad conjunta con otro cuya vida ha resultado profundamente entrelazada con la de uno” (Hatfield, 1988). Sin embargo, los datos históricos y transculturales indican que la gente de otras sociedades y siglos eran igualmente capaces de distinguir enamoramiento y sentimientos de apego. Los correlatos neurales del apego son distintos de aquellos implicados en los estadios iniciales del amor romántico y la atracción en otros mamíferos, aunque, de nuevo, interactúen.

En tanto que la definición del apego implica una prolongación en el tiempo mayor que cualquiera de los otros fenómenos descritos (atracción, enamoramiento y, obviamente, impulso sexual), los participantes en los experimentos sobre el apego han de encontrarse en situación de emparejamiento más tiempo que los que participan en estudios de otro tipo. En este sentido, en distintos trabajos con fMRI acerca del apego se ha observado que los participantes, además de verse activadas las mismas áreas cerebrales que los sujetos explorados en pruebas de atracción y enamoramiento, muestran una activación mayor de la corteza cingulada anterior y la corteza insular medial. Además, estas personas seguían manteniendo un patrón de activación subcortical significativo, sobre todo en la zona del pálido ventral (Aron et al., 2005). Esto resulta interesante, ya que la actividad en esta región se ha asociado con un patrón específico de distribución de cierta subunidad (1a) de receptores de vasopresina, la cual se ha relacionado con conductas de apego y emparejamiento. De este modo, la actividad en el pálido ventral es mayor en las relaciones humanas de más duración que en las cortas, y la actividad de esta región, específicamente asociada con la vasopresina, es evidente también en el apego de otros mamíferos.

Pero la actividad de la vasopresina en el pálido ventral también afecta a la preferencia de pareja (Lim & Young, 2004). Asimismo, la actividad de la oxitocina central en el núcleo accumbens también contribuye a estos fenómenos de preferencia y emparejamiento (Lim et al., 2004). Por otra parte, existen resultados que muestran diferencias estructurales en el gen que codifica el receptor de vasopresina V1 en ratas socialmente monógamas (en contrapartida a ratas promiscuas) alteran los niveles de expresión de este receptor en el pálido ventral. Es más, estos machos también mostraban niveles significativamente aumentados de afiliación social (Pitkow et al., 2001). La actividad de la oxitocina y vasopresina centrales se han asociado tanto a las conductas de preferencia como de apego, mientras que las vías dopaminérgicas parecen estar más implicadas en la preferencia de pareja, específicamente.

También se ha demostrado que durante la cópula, se dispara la actividad de la vasopresina en el pálido ventral y la oxitocina en el núcleo accumbens, lo que facilita la liberación de dopamina en estas áreas, las cuales, hay que recordar, son protagonistas del refuerzo. Esto facilita la preferencia tanto de machos como de hembras por la pareja actual, e inicia las conductas de apego y emparejamiento. La versión de este gen en el homo sapiens presenta varios polimorfismos, por lo que se ha sugerido que podría estar contribuyendo a las diferencias individuales en la monogamia.

La investigación en Psicología distingue, tradicionalmente, emoción y motivación. La motivación tiene tres componentes: activación, dirección y mantenimiento. Podría decirse que la emoción, en tanto que tendencias de acción categorizables en aproximatorias o evitativas, constituye el componente direccional de la motivación. En este sentido, Aron ha propuesto que el amor romántico no es una emoción en sí, sino más bien un mecanismo de motivación diseñado para permitir a los pretendientes construir y mantener una relación íntima con una pareja preferida (Aron, 2005). Diversos resultados apoyan esta idea (Fisher, 2004).

Estas conductas comparten ciertas características con los impulsos, y diferencias con las emociones. Las emociones fluctúan y son de escasa duración, pero el amor romántico es tenaz. El enamoramiento se centra en una recompensa específica, mientras que las emociones se asocian con un amplio abanico de estímulos. Además, mientras que el amor romántico no presenta una expresión facial distintiva y característica, las emociones básicas sí tienen dichas expresiones específicas presentan. Al igual que el resto de impulsos, el enamoramiento es muy difícil de controlar, y en los humanos, está asociado con regiones neurales ricas en dopamina, al igual que otros impulsos básicos.

Sin embargo, aún teniendo todo esto en cuenta, en lo tocante a estos temas parece que estas conductas sí responden a uno de los temas favoritos de la gente en general: las diferencias sexuales. Como no soy gran defensor de la diferenciación Venus/Marte, má allá de la pura neurobiología del desarrollo, un pequeño apunte. Al parecer, los hombres tienden a mostrar más actividad en regiones asociadas con la integración de estímulos visuales (Narumoto et al., 2001). Por su parte, las mujeres parecen preferir las áreas asociadas con la atención y la memoria (Gray et al., 2002; Maddock et al., 2003; Velanova et al., 2003). Además, resultados de varios estudios transculturales parecen demostrar que, en general, las mujeres se sienten más atraídas que los hombres hacia potenciales parejas que ofrecen estatus y recursos. Los hombres, en contra, suelen sentirse más atraídos hacia parejas que aparentan un buen estado físico (Buss et al. 1990). Esto tiene sentido, en tanto que evolutivamente, las funciones de ambos sexos son distintas. Ya que las mujeres son las encargadas de la gestación y cría en los momentos iniciales del nacimiento, resulta una ventaja asociarse con aquellas parejas que supongan estabilidad y seguridad respecto al rango de recursos disponibles en el entorno. Por su parte, para los machos resulta ventajoso asociarse con hembras de buen ver, dado que su objetivo es propagar su estirpe lo máximo posible. Estas idas correlacionan con resultados obtenidos en entrevistas a individuos enamorados, los cuales describen cómo las mujeres están más dispuestas a perdonar una infidelidad antes que el que su pareja se enamore de otra persona, mientras que los hombres son capaces de tolerar un enamoramiento siempre que se asegure la fidelidad de su pareja.

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Y con esto, amigos, se cierra hasta nuevo aviso el ciclo sobre la psicobiología del amor. Gracias por su atención  =).

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Referencias:

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Aron A, Fisher HE, Mashek DJ, Strong G, Li HF, Brown LL (2005) Reward, motivation and emotion systems associated with early-stage intense romantic love: an fMRI study. J. Neurophysiol.; 94: 327–337.

Buss DM et al (1990) International preferences in selecting mates: a study of 37 societies. J. Cross Cult. Psychol; 21: 5–47.

Carter CS (1992) Oxytocin and sexual behavior. Neurosci. Biobehav. Rev.; 1: 131–144.

Carter CS, DeVries A, Taymans SE, Roberts RL, Williams JR, Getz LL (1997) Peptides steroids, and pair bonding. In The integrative neurobiology of affiliation, vol. 807 (ed. C. S. Carter, I. I. Lederhendler & B. Kirkpatrick), pp. 260–272. Annals of the New York Academy of Sciences, New York, NY: The New York Academy of Sciences.

Gray JR, Braver TS, Raichle ME (2002) Integration of emotion and cognition in the lateral prefrontal cortex. Proc. Natl Acad. Sci. USA; 99: 4115–4120.

Lim MM, Young LJ (2004) Vasopressin-dependent neural circuits underlying pair bond formation in the monogamous prairie vole. Neuroscience; 128: 35–45.

Lim MM, Murphy AZ, Young AJ (2004) Ventral striatopallidal oxytocin and vasopressin V1a receptors in the monogamous prairie vole (Microtus ochrogaster). J. Comp. Neurol.; 468: 555–570.

Maddock RJ, Garrett AS, Buonocore MH (2003) Posterior cingulate cortex activation by emotional words: fMRI evidence from a valence decision task. Hum. Brain Mapp.; 18: 30–41.

Narumoto J, Okada T, Sadato N, Fukui K, Yonekura Y (2001) Attention to emotion modulates fMRI activity in human right superior temporal sulcus. Brain Res. Cogn.; 12: 225–231.

Pitkow LJ, Sharer CA, Ren X, Insel TR, Terwilliger EF, Young LJ (2001) Facilitation of affiliation and pair-bond formation by vasopressin receptor gene transfer into the ventral forebrain of a monogamous vole. J. Neurosci.; 21: 7392–7396.

Pfaff D, Frohlich J, Morgan M (2002) Hormonal and genetic influences on arousal – sexual and otherwise. Trends Neurosci.; 25: 45–50.

Velanova K, Jacoby LL, Wheeler ME, McAvoy MP, Petersen SE, Buckner RL (2003) Functional- anatomic correlates of sustained and transient processing components engaged during controlled retrieval. J. Neurosci.; 23: 8460–8470.

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