Step by step

En primero, todo resulta nuevo. Ves, oyes, tocas, saboreas, hueles, notas las cosas con cariz distinto. Te fijas más en unas o en otras, sabiendo que es imposible abarcarlo todo; tu concentración tiene un límite. Aunque no lo sabes. Comienzas a entender que esa forma de comportarte elaborada durante la infancia, en todas y cada una de sus etapas, y la adolescencia, ha sentado las bases para lo que vas a ser. Sin remedio. Examinas y confrontas tus creencias, tus expectativas (y las de los otros)… Descubres que no es bueno o malo, sino distinto. Y juzgar se convierte de pronto en algo tan banal que asusta tomar consciencia de lo solo que estás en este terreno, de lo mucho que los demás determinan ese estado, porque sabes que todos pasan por lo mismo. Te introducen en el arte por el que se describe de forma objetiva lo que ocurre. Te sobrecoges, tragas la saliva que resulta de mezclar humildad y temor por hablar de tú a tú a quién da vida a todo esto. Y te das cuenta de que eso es el respeto. Tu forma comprender empieza su metamorfosis. En primero, sales de la caverna.

En segundo, nada es lo que parece; tienes que aprender a analizar las variables y contar la posibilidad y probabilidad de que sucedan determinados sucesos. Pero eso ayuda a identificar qué elementos y de qué manera se afectan unos a otros en función de sus cambios. Porque en segundo, la cosa cambia. Vas creciendo, claro, y entiendes lo que es el apego a ciertas cosas que antes ignorabas. Te motivas, te emocionas más que en cualquier otro momento porque entiendes que eres parte de un colectivo, haciendo tuya la forma exacta que tiene de funcionar. Aprendes que todo puede adquirir  un significado, aunque intentes evitarlo. Y recuerdas. Y sabes por qué y cómo. Te haces mayor. Miras de frente a la locura y te das cuenta de que nada es como habías pensado, sino que es más grande, amplio, hermoso y aterrador. Pero sigues entero, porque tu cerebro, tu cuerpo, aún funciona. Y no sólo lo conoces, ahora empiezas a entenderlo.

En tercero todo es más organizado. Igual a mayor escala; menos personal, más corporativo. Ves las entrañas de la institución de la que formas parte. Sigue siendo enorme, pero se inicia una instrucción diferente; una nueva perspectiva. La educación es la clave dicen. Te quitas el miedo a las drogas. Hablas más, y mejor; ahora tienes las reglas. Te percatas de que esas reglas forman parte de algo más, que la comunicación sobrepasa las palabras; engulle y abarca el mundo, las personas, los contextos. Que no existe un gesto aislado. Que todo (todo) tiene un significado. El mundo resulta una locura, y no hay marcha atrás: tu nueva percepción se apodera de ti y necesitas expulsar el contenido en cada ocasión. Por suerte, te dan las primeras herramientas para defenderte. Empiezas a plantear las dudas, antes que intentar resolver las que otros habían planteado antes. Ahora sabes por qué aprendes ciertas cosas sin intención, por qué recuerdas más unas cosas que otras; qué es eso de la emoción. Y te enamoras. Ciego como un chiquillo juras amor eterno a una imagen que te regala una primera oportunidad, pero cambiante según el viento sopla. Una imagen que, desde tu omnisapiente ignorancia, rehusas abandonar hasta el último momento. Y aún cuando duele, sabiendo que es imposible, sigues creyendo que mereció la pena. En tercero te haces mayor. Ves por primera vez el sol. Te quemas.

Cuarto es la ambigüedad. Quieres volver al principio, pero te enorgulleces de tener la opción de regresar, de haber llegado hasta allí. Añoras la ignorancia de quien sólo puede crecer, porque sabes que este fin dará pie a otro partir de cero. Apenas te reconoces, pero te sabes tú. Eres crítico hacia los sistemas actuales, por ser meras copias de la historia que te contaron años atrás. Te enfadas, porque ahora eres consciente de toro el potencial que se desaprovecha. Que otros desaprovechan. Que tú has desaprovechado. Cambias la vehemencia y la esperanza por la pasión y la crítica. En cuarto eres mayor, y te sientas con los mayores; te dan armas para cuando tengas que luchar y te adiestran en las técnicas adecuadas para cada una de ellas. Cuando el entrenamiento lo acompaña la razón no hay problema que no pueda resolverse. Y así lo crees. Tienes un esquema, unas normas de trabajo que únicamente llegas a comprender con distancia y los sentidos alerta de un niño. En cuarto, un día te enfrentas a la vida fuera de esa atalaya de conceptos. Y te da rabia saber que no sabes; encontrarte con unos zapatos nuevos que duelen, que no has pedido, que no estás listo para llevar, pero que, aunque todavía no te das cuenta, están hechos a medida. Un día te percatas que ves cosas que otros no ven; detalles. Los detalles definen los hechos, los hechos forman los sucesos, los sucesos dan consistencia a una historia, y toda historia tiene una causa, una consecuencia y un significado. Te llaman psicólogo. Aún no estás acostumbrado a escuchar tu disco en el coche de otro, y no sabes qué esperar. En cuarto, todo vuelve a empezar.

Y ya no puedes parar porque “La gente nunca deja de sorprenderte”.

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Je, qué peligrosa es la inercia. Gracias por devolverme las ganas de hacer cosas  =).

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